EL BUCLE

Píldora 1ª

Ella es atractiva, seductora y tremendamente sexy. Sus interminables piernas son el objeto de deseo de todo aquel que osa volver la cabeza después de cruzarse con ella, lo que a más de uno le ha valido un sonoro bofetón.

Y además es detective privado, con licencia y con pistola.

Esa tarde estival amenazaba con ser tan anodina como las anteriores, hasta que un individuo rechoncho invadió el espacio de la oficina mientras su inquilina dormitaba con los pies sobre la mesa. Esta, maldijo al malnacido que había estropeado su dulce rato de asueto que, esa tarde, solo había durado dos horas. Pero le sonrió, parecía un cliente.

— Si deja de mirarme las piernas y me dice a qué ha venido le irá mejor —fue su saludo de cortesía. El recién llegado había tenido suerte.

— Tengo un problema señora detective. ¿Renata es su nombre verdad?

— Ese es solo el diminutivo. No quiera saber más. ¿Cuál es el problema que le trae por aquí? No soy barata —mintió.

El individuo desplazó a ambos lados la grasa de su barriga mientras se sentaba y, al alzar el brazo para esquivar el apoyabrazos de la silla, lució un chorretón de sudor que hasta ese momento había permanecido oculto bajo su axila.

—Mi esposa tiene un amante —se sinceró.

Renata tuvo que hacer un notable esfuerzo para no expresar lo que estaba pensando: que resultaba normal que su mujer tuviera un amante, casada como estaba con el ser que tenía frente a ella.

Y él continuó con el discurso que parecía traer preparado.

—Pero él ha desaparecido y ella está triste. Quiero que lo encuentre. No repararé en gastos.

Al acabar su última palabra entregó a la detective una carpeta; en ella estaba la foto de la parejita feliz, unos papelajos que parecían describir sus hábitos y lugares favoritos, un par de fotografías de los amantes en acción y un cheque de diez mil euros. El nombre de la mujer: Roberta Piedrahita.

—¡Diez mil euros! —exclamó la sabueso.

—Otro tanto cuando le encuentre, y otro tanto si consigue que vuelva con ella.

Desde luego el sujeto parecía estar enamorado de su mujer, ¡qué encanto de hombre! Ella, perpleja, se cuestionó enviar al sujeto al lugar donde le correspondía, pero acto seguido miró el cheque, puso la mejor sonrisa que en ese momento le salió y aceptó el encargo.

Su rato de asueto había terminado.

Calzada con sus tacones de quince centímetros que marcaban el sonoro ritmo de sus pasos, se encaminó hasta un taxi que la llevase al domicilio conyugal. Nada menos que en una de las calles más vistosas y comerciales de Madrid. Abrió la puerta una estupenda y elegante mujer que no parecía hacer buen maridaje con su cliente.

No solo era guapa, es que además era joven. Por lo menos quince años más joven que el sudoroso saco de grasa que la había contratado.

“¿Y ahora como la entro yo a esta?” pensó Renata. Así que lo hizo con la verdad por delante.

—Verá señora, soy la esposa de un buen amigo suyo. ¿Sabe a qué me refiero? —preguntó mostrando la foto en la que ambos, la esposa del cliente que estaba delante y su amante, se comían a besos en un restaurante.

—¡Vaya! Que infortunio —balbuceó la interpelada.

— Le estoy buscando. Me importa un bledo que tire a la primera guarra que pille, pero ha desaparecido dejando a dos churumbeles hambrientos y por ahí no paso —siguió con la impecable verdad la detective.

—No sabía nada, ¡se lo juro! Creí que estaba soltero. No te puedes fiar de los hombres.

—Déjate de gaitas y dime donde se esconde. Le voy a desplumar —continuó Renata con la farsa.

La detective giró la cabeza evitando la mirada afligida de la mujer y sus pupilas dieron con lo que parecía el retrato de boda de la feliz parejita. Era ella, o eso parecía ya que el tiempo había hecho su trabajo sobre el rostro de la mujer, pero él, no era él.

—Un momento. ¿Ese es su marido? —preguntó sorprendida.

—Toma, ¡pues claro! ¿Quién sino?

Renata tomó la foto que su cliente le había entregado en la carpeta y observó que el rostro de la mujer era visible, pero el del supuesto marido infiel no tanto ya que este estaba vuelto de espaldas mientras la besaba.

—¿Su marido es ese? —repitió la detective señalando con el dedo el portafotos sobre la cómoda.

No daba crédito, ese no era el cliente que la había contratado. Aquel de la foto era un bombón que en nada se parecía al hombre que la había contratado.

 

 

Píldora 2ª

Se quitó los zapatos. Le molestaba el ruido de los tacones mientras bajaba las escaleras del exclusivo piso donde vivía la supuesta mujer infiel de su cliente. Pero su cliente había resultado no ser su marido.

Y lo peor: el que sí era su marido de acuerdo con la fotografía que acababa de ver, también era su amante. El amante de la detective Renata.

Le había conocido hace unas semanas, cuatro quizá, en una discoteca de esas donde a lo que se va es a bailar y a beber, y después a ligar de la forma más descarada posible. Venancio le había jurado que era soltero y que no quería nada serio. Y hacía el amor como los ángeles.

“Bueno, como los ángeles, no, que los ángeles no tienen sexo” —pensó para sus adentros mientras, ya en el rellano del portal, se calzó de nuevo.

No entendía nada. El cliente rollizo la había contratado para encontrar al amante de su esposa. Pero resulta que él no era su marido. Y resulta que el verdadero esposo de la mujer infiel era su propio amante. ¡Menudo lío! Un lío que solo había una forma de sobrellevar, así que entró en el primer bar que encontró y se despachó un bourbon sin pestañear; pidió otro y, este sí, lo paladeó.

—Por ti, Venancio, hijo de puta, seas quién seas —susurró levantando el segundo vaso.

—¿Perdone? —gritó molesto el camarero.

La salvó de excusarse una voz ruda y autoritaria procedente de su espalda.

—¿Señorita Peláez? ¿Renata Peláez? Nos tiene que acompañar.

Dos policías nacionales altos y fuertes como rocas fue lo que vio en cuanto se giró. Y se dirigían a ella con cara de pocos amigos.

—¿Y por qué los tengo que acompañar?

—Se la acusa del asesinato de la señora Roberta Piedrahita. Y puede venir por las buenas o esposada. Usted elije.

—¿Está de broma? Pero si la acabo de dejar en su casa vivita y coleando.

—La que parece estar de broma es usted, la señorita Priedrahita fue encontrada asesinada hace un mes en su propio piso.

Píldora 3ª

—Que no, que le digo que no conocía a la muerta. Y que no está muerta, que está viva —trataba de defenderse la detective en la sala de interrogatorios frente al individuo de rostro arrugado que más que un policía parecía el propio Torquemada.

Estaba sentada, vuelta de espaldas a la puerta, y oyó como esta se abría.

—Comisario —saludó el de la cara de pasa.

—Déjenos solos Rupérez —exclamó el recién llegado.

Ese recién llegado era, además de comisario: gordo, sudoroso y algo conocido.

—¡Maldita sea! ¿eres tú? —gritó la detective.

—No grites muñeca. No creo que nos conozcamos —berreó el orondo policía.

—¡Pero si mes has contratado esta mañana para buscar al amante de tu esposa, capullo! Bueno, que luego he descubierto que no es tu mujer.

—Tú deliras niña, estoy soltero —y tirando una foto sobre la mesa, continuó —¿conoces a este hombre?

—Sí, es el marido de… de la que tú me dijiste que era tu mujer —. Renata se daba cuenta de que a medida que hablaba no hacía más que enredar el embrollo.

—Sí, por fin dices la verdad. Es el esposo de Rigoberta Piedrahita, y además tu amante. Es capitán de la policía y da gracias de que no le hemos dejado entrar. Si no, te mata.

—Pero, yo no conocía a su mujer —trató de defenderse la detective.

—¿No acabas de decir que la has visto en la casa? Mira niña, en esa casa fue encontrado el cuerpo, y esa casa está vacía, no hay nadie. Pero ¿sabes una cosa? Sabemos para que has vuelto a la escena del crimen, para coger esto, estaba en tu bolso.

Lo que estaba envuelto en una bolsa de plástico era un cuchillo de unos veinte centímetros de hoja y con restos de sangre seca.

—No sé qué es eso.

La puerta a sus espaldas se abrió. El otro policía que acababa de entrar se encaró a Renata.

—¿No lo sabes? La mataste con este cuchillo y lo escondiste dentro de la casa. ¿Supongo que has querido recuperarlo verdad? Apostaría a que encontraremos tus huellas en él.

—Pero Venancio, mi amor, no sabía que eras policía, ni que estabas casado. ¿Qué está pasando aquí? —imploró la detective al que hasta hace no tanto creía su amante.

Cerró los ojos y supo que ese cuchillo era suyo. Había desaparecido en una de las cenas románticas que había pasado con él, en la casa de ella. En su momento pensó que el cuchillo había ido a la basura con alguna de las sobras.

—No te vas a librar. Estabas enamorada de mí, aunque ya te dije que era solo una aventura, que no dejaría a mi mujer. Pero tú entraste en casa y la mataste. Supongo que con las prisas no pensaste bien y escondiste el cuchillo. Este cuchillo, el mismo que has ido a buscar ahora, con la casa vacía. Pero te hemos pillado asesina.

“Estoy en un buen lío” —pensó Renata.

—Pero…pero si acabo de estar con ella en su casa —titubeó.

—¡Y una mierda! Mi esposa fue encontrada muerta hace unas semanas, yacía flotando sobre un charco de sangre con media docena de puñaladas infligidas con un cuchillo que tiene tus huellas y que hemos encontrado en tu puto bolso.

La detective meditó de nuevo: “No, no estoy en un buen lío, ¡estoy bien jodida!”

 

 

 

Píldora 4ª – Feliz desenlace

Para quién no haya estado en la cárcel nunca, o haya estado solo para visitar a amigos de la infancia, cuatro años puede parecer algo llevadero. Pero para quien está del otro lado de los barrotes, cuatro años es mucho.

Renata salió por la Puerta de Alcalá, pero no por la que se construyó bajo el reinado de Carlos III, no, por la otra, la de la cárcel de mujeres. Salía con la cara más arrugada de lo que había entrado mil cuatrocientos sesenta y un días antes, ni uno más y ni uno menos.

Sabía lo que tenía que hacer, los días en la cárcel tienen más horas que los demás y dan de sí para pensar mucho. Se sabía de memoria los países con los que no había convenio de extradición. Alquiló un coche, reservó dos noches en un modesto hostal de la calle Atocha y anduvo la media hora que la separaba hasta la plaza Lavapiés, zona en la que un contacto en la cárcel le había facilitado una dirección concreta.

Cuando regresó a la lúgubre habitación del tugurio que decía llamarse hostal, era cuatrocientos euros más pobre, pero el bolso pesaba más, tanto como el peso de la Star de 9mm largo que acababa de adquirir. Estaba vieja, pero el afroamericano le había jurado por el niño Jesús que funcionaba. ¡Menuda credibilidad!, pensó, si esos negros son todos unos ateos.

Al día siguiente era sábado y el timbre sonó en el hogar de Venancio, el capitán de la Policía Nacional enviudado cinco años antes. Su nueva esposa, la mujer morena que dormitaba recostada en su pecho, maldijo al escuchar el insistente sonido del timbre. Se levantó, se puso una bata salpicada con motivos orientales y abrió la puerta.

Eran las nueve de la mañana y esa nunca es una buena hora para abrir la puerta de tu casa y encontrarte frente a ti el negro ojo de un arma que te mira amenazante.

—Ni un berrido o te frío, zorra. Pasa para adentro. ¿Me recuerdas? ¿Está él?

La mujer, la misma que cuatro años antes se hizo pasar por la esposa infiel de un cliente que había acudido al despacho de una detective en busca del amante de esta, asintió.

Pasaron al dormitorio y él, ante la inesperada situación, se incorporó y sonrió.

—¿Ya te han soltado Renata?

—Eres un cerdo, ¿cómo me hiciste esto? Nos llevábamos bien, follábamos todas las noches y me hacías ver las estrellas. Por qué me tendiste esa encerrona. ¿Para dar matarile a tu mujer y colgarme el muerto a mí? Eres un hijo de puta.

Él siguió sonriendo sin evidenciar el menor síntoma de nerviosismo.

—Y esta zorra —siguió ella —, o sea que es una actriz con la que te encoñaste que se caracterizó como tu esposa muerta para dármela con queso. Muy bueno lo del detective que vino a mi despacho. Otro hijo de puta, supongo que tu comisario y amigo ¿verdad?

Y él no paró de sonreír. Quizá porque sabía el desenlace.

Ella, la detective, dudó. Al segundo año en la cárcel, su antiguo amante se había puesto en contacto con ella y le pidió perdón. Lo había meditado mucho durante el resto de condena y, hasta ese momento, Renata dudaba si la llama del deseo se había encendido de nuevo o no. Por eso tenía dos planes: uno cargarse a los dos y salir pitando al aeropuerto para ir a Puerto Príncipe. Otra, dejarse seducir de nuevo y cargarse solo a la puta que la había engañado hace cuatro años haciéndose pasar por la mujer de su amado.

La elección fue fácil. La mujer de la bata de seda apenas llegó a escuchar el estruendo que la mató. El impacto la empujó a la cama de donde había salido minutos antes y sobre la bata, a la altura de su pecho, comenzó a crecer una enorme rosa roja que dejó en la habitación un aroma dulzón que se mezcló con el de la pólvora.

—No te preocupes, los vecinos de al lado están fuera. Nadie lo habrá escuchado.

Renata le miró, le encañonó y una sonrisa ácida se dibujó en su boca. Pero esta duró solo unos segundos tras los cuales tiró la pistola y se abalanzó sobre el que fue su amante y le devoró con pasión.

Tras cabalgarle durante los diez minutos que él aguantó y que la hicieron alcanzar tres maravillosos orgasmos, preguntó:

—¿Y ahora que hacemos mi policía favorito?

Él la besó dulcemente.

—Sé de una detective con la que me llevo viendo desde hace unas semanas que no dudará en encontrar al amante de mi esposa infiel. Cuando ella venga a investigar, ¿te importaría hacerte pasar por mi esposa?

 

FIN

 

Javier Holmes

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