“…como un lobo el corazón”

 

 

 

 

 

   Manel Urrutia abrió los ojos y, desde su camastro, contempló las encaladas paredes de la celda en la que llevaba enclaustrado desde hacía tantos días que había decidido ya hace tiempo no continuar con la cuenta. Ya era de día, así lo indicaban los haces de luz que invadían su espacio a través del ventanuco enrejado, situado a una altura suficiente como para impedirle elevarse y contemplar el exterior. No lo veía, pero se lo imaginaba, kilómetros de arena formando caprichosas dunas cuya monotonía sólo era rota por alguna aislada palmera que aportaba algo de sombra al desierto saharaui. Así era el desolado paisaje donde combatía Manel, capitán del cuarto tercio Alejandro Farnesio de la legión española. O, mejor dicho, donde luchaba hasta que fue apresado por ese grupo de facinerosos que sucedieron al Movimiento para la Liberación del Sahara y que se hacían llamar Frente Polisario.

    Desconocía el motivo por el que no había corrido la misma suerte que sus camaradas de la Compañía, todos masacrados por balas enemigas. Él estaba vivo, aunque fuera dentro de un cuerpo descarnado como consecuencia de los meses que llevaba encerrado y en los que era tan solo alimentado con los despojos que le arrojaban una vez al día, como a un perro. Sobre una de las paredes había marcadas decenas de rayas, una por cada día desde el momento en que fue capturado hasta que, cansado de contar, su voluntad se vio quebrada y renunció a mantener la esperanza viva. A partir de ese momento, ya no marcó más rayas con sus uñas sobre la cal de la pared, le daba igual saber los días que sumaban su cautiverio. Hasta le daba lo mismo saber el motivo por el que no le habían matado y seguía privado de libertad día tras día. Sólo quería que llegara el momento final y dejar de sufrir encomendando su alma al Juicio con su Sumo Hacedor.

    Se había alistado el mismo año en que se creó el Tercio Alejandro Farnesio y, siete años más tarde, tuvo el honor de combatir bajo su bandera en el territorio de Ifni cuando las tropas marroquíes asediaron la plaza española, lo que le valió su grado de teniente con tan solo treinta años. Fue un héroe cuyas hazañas fueron comentadas por todos sus compañeros. Pero entre esas cuatro paredes encaladas, sus proezas se reducían a machacar diariamente la miríada de insectos que trataban de compartir su ración diaria de pan duro y mohoso. Poco más era en lo que podía ocupar una jornada. El Destino, ese señor tan caprichoso, se había mostrado excesivamente cruel con Manel Urrutia privándole del honor de caer en el campo de batalla, fusil en mano, defendiendo los colores de la bandera roja y gualda a la que había jurado lealtad.

    Nunca cumplió su sueño de conocer al que fuera fundador del Cuerpo en el que había servido con distinción durante tantos años. Había leído mucho sobre él, José Millán-Astray, desde que fuera nombrado Teniente Coronel del inicialmente llamado Tercio de Extranjeros. Un cuerpo que había dado vida a aquellos lemas que tanto había escuchado y, a pesar de ello, seguían emocionándole igual que el primer día: “A mí la legión”, “Viva la muerte”. Hubiera dado su brazo izquierdo, el mismo que el fundador del Glorioso Cuerpo perdió arengando a los soldados del batallón de Burgos y su ojo derecho, el mismo que perdió cuando consiguió tomar Loma Redonda, sólo por cuadrarse frente a él con el cuerpo erguido, la cabeza alta y la mirada fija. Pero no pudo ser, no llegó a conocerle. Tampoco pudo formar parte, como fue su deseo y así se lo solicitó a su capitán, de acompañarle en su momento final y darle cristiana sepultura en el cementerio madrileño de La Almudena; de ese honor, sólo dispusieron los caballeros legionarios que formaban parte de su escolta.

    Manel abrió los ojos. A pesar de ser demasiado temprano para que su cancerbero le arrojase, como lo hacía a diario, los desperdicios con los que le venía alimentando durante su cautiverio, se oían pasos que se acercaban. Pero esta vez eran pasos marciales, firmes y decididos, los que marcando un ritmo vigoroso se aproximaban. Estaba seguro de que no eran los del desastrado cabo del ejército enemigo que le miraba sonriente mientras le escupía en su tazón de agua pestilente todas las mañanas. Nunca llegaría a olvidar esos ojos anodinos faltos de brillo y esa boca desdentada que daban forma a un rostro barbudo y demacrado, un rostro ajado que parecía disfrutar con el sufrimiento de su cautivo. Pero esa mañana no era ese ser despiadado el que se acercaba a su calabozo con paso firme. Quiso levantarse, pero no pudo, apenas las piernas tenían fuerza suficiente para sostenerle, así que tuvo que esperar a su inesperado visitante recostado en el suelo con la espalda apoyada sobre la fría y dura pared.

    Trató de fingir una sonrisa ácida con la que obsequiar a quien se aproximaba, aunque la falta de costumbre provocó en los músculos de su cara un intenso dolor. El portador de los pasos estaba tan cerca que su olor, el hedor de su enemigo, le mancillaba su pituitaria. Un sudor frío le recorrió su cuerpo y al tocarse la frente descubrió perlas de húmedo sudor helado. No dudaba que nada bueno traería el portador de esos pasos hasta ese momento anónimos.

    Con el cese del ruido de las botas marcando el compás, entró un oficial con dos estrellas sobre su hombrera de terciopelo rojo. Le acompañaban dos subalternos. El superior le miró altivo, se quitó la gorra y no expelió una sola palabra durante toda la visita. Del tono de su voz, Manel no llegó a saber.

    Cediendo el testigo al más mayor de los dos soldados que le acompañaban, el militar al mando permaneció en pie clavando sus pupilas en el prisionero y escuchó decir al que cumplía sus órdenes:

    — Hemos pedido negociar con su gobierno. Su vida a cambio de dos oficiales del Frente Polisario prisioneros en un plaza de Dajla, o Villa Cisneros, como la llaman ustedes. Mientras tanto, permanecerá aquí y será bien tratado. Como lo está siendo hasta ahora, ¿o no es así?

    El cinismo con el que se había expresado le produjo repugnancia a Manel Urrutia.

    — No entiendo nada — replicó el cautivo que se consideró en ese momento tan aturdido y enfermo que dudó sobre si estaba siendo bien tratado como, mofándose de él, le había escupido el soldado saharaui.

    — Paso hambre y sed.  Mátenme, un caballero legionario no puede servir de negociación. España no negociará.

    Manel con un esfuerzo sobrehumano y apoyando sus manos en la pared, consiguió incorporarse, sostuvo su maltrecho cuerpo sobre sus famélicas piernas, echó los hombros hacia atrás y con la mirada en el techo permaneció desafiante ante sus captores.

    — Manel Urrutia, capitán de la Legión Española — consiguió gritar.

   Uno de los dos soldados, el más joven, el que aún no había hablado, sin que nadie le hubiera dado indicaciones al respecto, en respuesta a su osadía y blandiendo una porra en la mano le obsequió con un golpe en sus genitales que le hizo caer dando con su cabeza en un suelo salpicado por los cadáveres de las cucarachas que él mismo había pisado esa misma mañana.

    Con su boca respirando de cerca el hedor del suelo del calabozo y medio inconsciente por el dolor, sintió como le colocaban un periódico sobre su maltrecho cuerpo para después escuchar los disparos de una cámara fotográfica Werlisa.

     — Vuelve la cabeza, mírame preso hediondo — escuchó.

    — No sois dignos de lucir el uniforme militar, cobardes — les desafió Manel.

    Después de dos relámpagos más que iluminaron la triste estancia, el flash de la cámara enmudeció y oyó cerrarse la puerta del calabozo. Los mismos taconazos que había escuchado acercarse unos minutos antes, los escuchó alejarse más alegres, si cabe, ya que regresaban con la satisfacción de haber cumplido su objetivo, recrearse con la humillación de Manel.

    El dolor en sus testículos le impediría erguirse durante unos cuantos días, así que Manel hizo lo único que podía hacer, cerrar los ojos y soñar con aquello que más deseaba, portar su fusil alemán G36ke con cuatro cargadores adicionales, sus dos granadas de mano y arengar a su Compañía para entregar su sangre si fuera necesario en la defensa de su Patria. Su última batalla estaba ahí, en su cabeza, atormentándole. Aquella que había permitido a sus captores poner fin a su libertad. ¿Cómo pudo dejarse capturar por esos aprendices de soldado?

    Su unidad había sido enviada al sector norte del Sáhara Occidental unos meses antes. La debilidad del gobierno español, que había prometido un referéndum de autodeterminación, parecía estar siendo aprovechada por un rey marroquí necesitado de reforzar su poder ante su gente. El ejército español había pasado a tener dos enemigos, el Frente Polisario y el propio ejército de Marruecos. Pero la retirada había comenzado con el inicio del año 1976.

    Las tropas españolas, obedeciendo órdenes, dejaban a los saharauis a su libre albedrío. Por un lado, engañados por el Frente Polisario y, por otro, invadidos por el país vecino cuyo rey ansiaba plantar la bandera roja en ese territorio haciéndose fuerte ante un pueblo, el suyo, que amenazaba con levantarse. El pueblo que había sido español se trasladaba al desierto huyendo de los bombardeos de Marruecos. Una campaña de terror que les hizo recluirse en campamentos pasada la frontera argelina, en Tinduf. Pero eso ya no era problema del ejército español, tenían órdenes concretas de retirada, y así debía ser. Un militar siempre cumple órdenes.

    Manel no conseguía dormir, el reloj de arena no cejaba en su empeño de permitir que el tiempo transcurriera martilleando con el pasar de cada grano sus sienes. Probablemente moriría dentro del calabozo. Aunque cada día eso le importaba menos, no deseaba que su Gobierno negociase. Él era un caballero legionario y si había que morir lo haría con honor. Desde el 20 de septiembre de 1920, fecha en que se alistaron los primeros legionarios en el Cuartel del Rey, en el paseo de Colón de la ciudad de Ceuta, hasta ese momento, la legión había servido con honor los intereses de España. Y con él no se haría excepción alguna.

    Echaba de menos su libro, ese que le acompañaba en su catre todas las noches escrito por el comandante Piris Berrocal. Historial de la Legión. Manel se sabía de memoria la arenga recogida entre sus páginas que el Teniente Coronel fundador del Cuerpo pronunció en Ceuta: “El Tercio os abre las puertas; os ofrece, con el olvido del pasado, honores y glorias, y os sentiréis orgullosos de ser Legionarios. En el Tercio alcanzaréis el título de Caballeros. Se cotizará el valor, como la más preciada de las virtudes y podréis ganar galones, conseguir estrellas; pero a cambio de todo ello, tendréis una vida dura, difícil, vida de hombres, llena de constantes riesgos, fatigas y sacrificios. Pasaréis hambre, sed y sueño. Soportaréis las más duras jornadas y vuestra vida será un duro batallar. .... Combatiréis siempre en vanguardia, y la muerte se convertirá en vuestra inseparable compañera. Moriréis muchos, quizás todos. Estas son las perspectivas que el Tercio ofrece a sus hombres.”

    Y esa era su perspectiva, morir si era necesario sirviendo su bandera y el escudo azul de su Tercio embellecido por seis hermosas flores de lis azules.

    Manel, aunque no quería, recordó. Su mujer e hija habían muerto a manos de unos enemigos cobardes. Una razia hambrienta de sangre abanderada con el negro, blanco y verde había arrebatado la vida de las personas que más amaba. Y ahora, esos mismos, le tenían a su merced. ¡Malditos cobardes!

 En sus oídos resonó el eco de la corneta. A pesar del golpe que acababa de recibir consiguió levantarse. Un legionario no se rinde. Se colocó su chapiri, que era uno de los pocos privilegios que su enemigo le había concedido y formó mirando al frente perdiendo su mirada a través de esa ventana que para él era inaccesible.

   Y la vio, su cabeza no le traicionaba, estaba allí, era ella. Contuvo la lágrima que amenazaba con escapar y la saludó como creyó que se merecía su hija, con el himno que le cantaba cuando la mecía entre sus rodillas.

                                                                          *  *  *

   Malena Andújar se levantó del banco de la sala de espera en la que se encontraba dentro de la cual esperaba paciente desde hacía varios minutos. La uniformidad de las blancas paredes, iluminadas por las luces de neón, sólo estaba mancillada por un calendario clavado con una chincheta y en el que identificó el día que era: 28 de enero de 2017. Había escuchado muchas veces a su padre esa fecha, el día que se firmó el Real Decreto por parte del Ministro de la Guerra José Villalba Riquelme, en 1920 y que permitió la fundación del cuerpo en el que había servido su padre.

    Se levantó cuando la puerta de cristal se abrió y un caballero que rondaba la cincuentena, con las sienes plateadas como eufemísticamente se llama al pelo canoso, se acercó a ella y le estrechó su mano.

   — Me alegro de que haya venido señorita Urrutia. Él pregunta mucho por usted. Eso sí, no todos los días, otros, creemos que llora por su ausencia.

    Se había dirigido a ella con aire extremadamente cortés, con voz engalanada y casi de forma empalagosa. Doctor Gallardo, jefe de la planta de psiquiatría decía en la tarjeta que llevaba prendida en el bolsillo superior de su bata blanca, al lado de media docena de bolígrafos con el distintivo de otros tantos laboratorios.

   — Me resultaba difícil, muy difícil venir. Hace tanto tiempo que estaba tratando de hacerlo. No estoy segura de cómo voy a reaccionar cuando le vea. Tengo miedo doctor.

    — La entiendo. ¿Me acompaña?

    — Le sigo.

    Malena caminó detrás del caballero de bata blanca a través de un serpenteante pasillo por el que tuvieron que atravesar tres puertas cerradas, después de que éste, el doctor, teclease en un panel electrónico la contraseña que permitía la apertura de cada una de ellas. Al cruzar el umbral de la tercera puerta, el facultativo le indicó con el dedo en una dirección.

    — Esta es su habitación.

    Malena Andújar había asistido dos días antes al entierro de su madre, de igual nombre y apellido que ella. Así fue después de que hubiera solicitado en el registro civil sustituir el apellido de su padre, Urrutia, por el materno. Nunca le perdonó que las hubiera abandonado después de regresar de África.

    — Necesitamos, como ya le avancé por teléfono, su permiso para trasladarle a un hospital. No consta en nuestros registros más que a usted como único familiar.

    — Éste es también un hospital, ¿no es así doctor?

    — Señorita, me duele decírselo, pero su padre es un enfermo en fase terminal. Perdió el contacto con la realidad hace unos años y lleva aquí casi dos lustros, recluido y prácticamente sin visitas. Pero el tumor en el colon que padece no nos permite augurarle más que unos meses de vida, pocos. Quizá tan sólo sean semanas.

    — No me juzgue. Nos abandonó doctor, después de su regreso del norte de África nos abandonó. No supo adaptarse a la paz que la transición española le ofrecía. Estuvimos mucho tiempo sin saber de él, hasta que el Ministerio de Defensa nos comunicó que sería internado. ¿Mi padre sabe que se muere?

    — No los sabemos. Él cree que sigue en el mismo calabazo donde le debieron retener hace más de cuatro décadas. Le vemos pisando el suelo como si matase los mismos insectos con los que debió convivir en aquel momento, le vemos a veces realizar el saludo marcial y cuadrarse. Sin ir más lejos, hace escasa media hora, antes de llegar usted, le oímos gritar con la mirada perdida a unos enemigos inexistentes diciéndoles que no eran dignos de lucir el uniforme que portaban. A veces, le vemos llorar y pronunciar el nombre de su mujer, que creo que también es el suyo.

    — No doctor, está equivocado. Mi padre nunca fue capturado. Mi padre se licenció con honores hace ya muchos años, después de que un misil le hiriera en la cabeza durante la retirada de las tropas españolas del Sáhara. Desde ese momento ya nunca fue el mismo y lleva esas décadas a las que usted se refiere huyendo de la realidad. Una realidad que incluye a su mujer y a su hija.

    El doctor calló. Bajó la cabeza y respetó la decisión de la mujer, aunque le dolió. Eran ya muchos los años a cargo de la salud mental del paciente Urrutia. Los suficientes como para haberse encariñado del anciano solitario.

     Malena se asomó a través del ventanuco redondo y le contempló, en posición de firme y con su ajado chapiri con la borla roja ennegrecida. No pudo evitar que una lágrima resbalase por su mejilla al contemplar un rostro arrugado que le recordaba vagamente a un padre que nunca ejerció como tal. Éste se giró y la vio a través del cristal circular, dentro de su habitación acolchada. La profundidad de su mirada vidriosa le hizo entender a Malena que la había reconocido. Así fue. Éste la obsequió con un marcial saludo y aunque la mujer no le oyó, no podía, por el movimiento de sus labios supo que le había gritado: ¡VIVA LA MUERTE!

    Un minuto más tarde, incapaz de contener el llanto, la mujer giró la cabeza y se dispuso a abandonar el hospital donde su padre estaba recluido desde hacía tanto tiempo que ya había perdido la cuenta.

   Si no fuera porque la sala estaba insonorizada, hubiera escuchado el tono firme de Manel cantando:

 

Nadie en el Tercio sabía

quién era aquel legionario

tan audaz y temerario

que a la Legión se alistó.

 

Nadie sabía su historia,

mas la Legión suponía

que un gran dolor le mordía

como un lobo el corazón.

 

FIN