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LA ILUSIÓN: Una píldora contra el desánimo

Actualizado: abr 3

Con tanto teletrabajo ha habido un momento que me he agobiado y me he tomado un respiro para escribir este pequeño relato:


LA ILUSIÓN


Estupefacto me quedé cuando escuché a esa bella mujer que tenía frente a mí decir el motivo de su visita a la comisaría donde yo prestaba mis servicios como detective: —Hola, vengo porque me han robado algo muy valioso. —Ya, eso me ha dicho el agente que le ha tomado declaración, pero mucho me temo que no he sabido interpretar lo que me ha contado. ¿Me lo repite? Soy el detective Padilla y cuento en mi haber con veinte años de servicio. Y puedo jurar que en esas dos décadas enfrentándome a la inmundicia más sórdida de mi distrito, nunca me había topado con tamaña estupidez. —Pues no creo que sea tan difícil de entender —me reprendió la mujer. Era bella, muy bella. Tanto que mis pupilas se habían quedado adheridas a su cuerpo como si de sendas moscas atrapadas en la melaza se tratasen. En su declaración constaba que contaba con cuarenta primaveras. —Señorita, es usted muy joven. También es extremadamente guapa —esperaba haber acertado con el piropo —. Por eso no entiendo que se presente aquí, en mitad de una tarde soleada, para denunciar que le han robado… ¿Cómo ha dicho usted? ¡Ah, sí! La ilusión. Porque eso era lo que constaba en el papel que me había entregado el sargento de guardia, que ella había denunciado que le habían robado la ilusión. —Pues es verdad. Y quiero que encuentre al culpable —me ordenó. —¿Algún sospechoso? —decidí sondear para ver lo que sacaba en claro de lo que a todas luces parecía una denuncia incongruente. —Sí, sé quién ha sido el culpable —me dejó más tranquilo. —¿Y bien? —insistí. —Yo, ¿Quién podría haber sido? —confesó. —Pero señorita, esto es una comisaría. ¿No debería acudir a un psicólogo? O quizá a la oficina de objetos perdidos, no sé —añadí el último comentario con el fin de dotar a nuestra conversación de un tono jocoso. —¡Déjese de estupideces! —me recriminó —. Usted es un investigador y quiero que encuentre lo que he perdido. Se lo exijo. Sin ella no podría vivir. —Mucho me temo que lo que a usted le falta es vital. Y mucho me temo también que eso solo lo podrá encontrar en un sitio al que yo solo podría acceder si usted me lo permite. En su interior. ¿Me dejará? —lo intenté. —Si lo cree necesario para su investigación… —cedió. —Lo considero indispensable.


Y así fue como la conocí. Hace de ello dos años. Un mes después de conocerla nos casamos. Ella encontró lo que había perdido y yo, que no sabía que también lo había perdido, lo encontré.


-- Javier Holmes 😉

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