¡Me cago en mi estampa!

 

—¡Me cago en mi estampa! —me dije en silencio cuando leí en el diario la noticia sobre la muerte de mi cliente. Bueno, más que muerte había sido un asesinato.

   De entre el abanico de posibilidades que tenía a mi alcance cuando acabé mis estudios universitarios, no se me ocurrió otra cosa que elegir ser detective privado. De ello hacía apenas dos meses y ese que estaba en la foto del periódico había sido mi primer cliente. Una buena forma de comenzar diría un sarcástico.

   Pero lo peor no era eso. Sí, ya lo sé, es bastante, pero no era lo peor. ¡Es que además me lo estaba tirando joder! Él es, o mejor dicho era, el abogado de una empresa farmacéutica. Pero no de una multinacional, no, sino de una farmacéutica de chichinabo.

   Lo fui a ver a la morgue. Era lo menos que podía hacer por él. El teniente a cargo de la investigación me dejó entrar a la nevera, como así llamaban los de homicidios a ese lugar. Estaba tieso, entendí en ese momento por qué se les llama fiambres. Le habían hecho picadillo: doce cuchilladas repartidas por toda su anatomía. La misma que yo había recorrido con mi boca después de que él hubiera hecho lo mismo sobre la mía.

   —Fue un asesinato —afirmó el sagaz inspector que me acompañaba.

   —¿Testigos? —probé suerte.

   —Si los hubiera, a un detective sería a la última persona en el mundo a la que se lo diría —espetó agrio el madero.

   —¿Le hemos hecho algo? —pregunté impresionada por la saña del inspector hacia los de mi gremio.

   —¡Sabuesos! Siempre metiendo las narices donde no os llaman. Háblame del motivo por el que te contrató.

   Vale, he comenzado por el final cuando lo debería haber hecho por el principio. Me llamo Filomena y como la gracia que tuvieron mis padres cuando eligieron mi nombre yo no la comparto, me hago llamar Pi. Sí, como el 3,14. Desde que tengo uso de razón y esta la empleé en la lectura, las novelas detectivescas han sido mi alimento diario. Me sé la obra, vida y milagros de todos los detectives novelescos, así que cuando acabé la universidad monté con los cuatro euros que me había dejado mi abuela una agencia de investigación. La licencia, con mi título universitario bajo el brazo, me costó poco esfuerzo así que alquilé un cuartucho y me anuncié.

   Cierto día en el que pacía con mis tacones sobre la mesa del despacho, entró un individuo que me despertó. El tipo estaba bien y por eso le perdoné el comentario que hizo sobre mis piernas. Además, era un cliente, mi primer cliente. Se llamaba Lorenzo y ejercía como picapleitos para una firma que no conocía, ni yo ni casi nadie.

   —Nos han robado a nuestro director general que además es el accionista único de la compañía —me soltó.

   —Será que le han secuestrado. Las cosas se roban, a las personas se las secuestra. Es lo mismo, pero hay que respetar la terminología —me las di de sabihonda.

   —No estoy muy seguro de que nuestro jefe sea una persona. Pero el caso es que ha desaparecido —aclaró.

   —Puede ser que se haya ido voluntariamente —tercié.

   —¡Imposible! Estábamos a punto de sacar un fármaco al mercado que iba a revolucionar el mundo. Supongo que ahora puedo hablar de ello. Verás, lo íbamos a llamar la pastilla del amor.

   —¿Cómo? —creí no haber oído bien.

   —Sé que es difícil de entender. Verás, una pastilla al día, sin efectos secundarios, y hace que todo se vea color de rosa: desaparece el mal humor, fomenta las relaciones sociales, te hace más proclive a la amistad, también al amor. Y como guinda del pastel: mejora las relaciones sexuales, de hembras y varones, por igual. Adiós a la pastillita azul. Esta, por cierto, sería de color rosa.

   —Vaya, ¡qué invento! Pues se habrá largado cabreado por que ha visto que no funciona. No hay más que echar un vistazo por ahí —ofrecí una alternativa chisposa.

   —Está ya probada en humanos y funciona de maravilla. Yo, de hecho, la llevo tomando desde hace tiempo.

   —¡Venga ya! Eso ya lo inventaron nuestros padres. Lo llamaron LSD, así que déjate de tonterías. ¿Estaba casado? ¿Qué piensa su esposa de esta desaparición? —comencé al olfatear.

   Cuando el leguleyo salió de mi despacho, tenía mi primer encargo firmado y un cheque por quinientos pavos en mi bolso. También tenía la dirección de la esposa. Así que la fui a ver a su pisito de mil metros cuadrados en La Moraleja.

   La mujer era un bombón, vestía como un bombón y hablaba como un bombón. Por cierto, no parecía muy afligida por la desaparición del marido.

   —¿Sabe? Yo también tomaba la pastillita rosa esa —me confesó.

   —¡Ah! Que interesante. ¿Y funciona? —quise saber. Realmente me interesaba la respuesta.

   —No veas. Llevo tomándola desde hace más de un mes. Se podría decir que soy feliz. No es una droga ya que no genera dependencia. Tampoco altera ninguna de las funciones cognitivas o sensoriales del cuerpo. Simple y llanamente te hace amar más y mejor. Y de todos es sabido que el amor y la felicidad van parejos.

   —Vale, ¿y alguna sospecha de donde está su esposo? —indagué.

   —No. Sé que, una vez que se filtró la inminente salida al mercado, recibió presiones de todo tipo para que tirase por el retrete la fórmula. Imagínese un mundo donde todos nos dedicáramos a amar, a compartir, a tratar de ser felices… ¿Cree que eso es compatible con el mundo actual? Piense la cantidad de personas que tendrían que reciclarse: laboratorios farmacológicos que ganan un buen dinero con los antidepresivos, los psicólogos…. Si este tratamiento se generalizase, podríamos conseguir un mundo donde no hiciera falta el ejército ni la policía, porque todos fuésemos más humanos.

   Efectivamente la pastilla hacía efecto, porque esa mujer, en vez de estar llorando por las esquinas la ausencia de su marido, estaba feliz soltándome una arenga utópica que no se tragaba nadie. Creo que ella se dio cuenta de mi escepticismo y cuando me despedí me obsequió un frasquito con diez de esas perlas rosas.

   Llegué a mi despacho y después del ajetreo del día decidí probar el contenido del regalo de la esposa del desaparecido. Y como todo me gusta hacerlo a lo grande, tomé tres y me dediqué a mi juego preferido; a saber: me quité los tacones, puse los pies sobre la mesa y cerré los ojos para ver si me llegaba alguna inspiración que me orientase sobre el camino a seguir. En esas estaba cuando entró mi cliente y me pilló en la misma posición en la que estaba la primera vez que vino. Se debió pensar que era lo habitual en mí.

   Tenía una noticia que contarme. A su jefe lo habían asesinado. Me enseñó un mensaje que había recibido donde este aparecía en el suelo sobre un charco de sangre. El mensaje decía: “Tú serás el próximo”.

   —¿Sabes el motivo de la amenaza? —indagué.

   —La fórmula solo la conocíamos tres personas, la esposa, él y yo. Ahora solo quedamos dos. Parece que ya sabemos quién está detrás de todo esto. Alguien que quiere que nuestra fórmula milagrosa no vea la luz.

   Me miró fijamente. Tenía unos ojos preciosos. Y un cuerpo estupendo. Me tiré a él y literalmente lo devoré. Hicimos el amor durante más de dos horas. El tipo era incasable y yo, que normalmente me canso rápido, también me mostré infatigable. No dejó ni un rincón de mi cuerpo sin probar y no hubo ninguna postura que se nos quedase en el tintero. Estuvo genial.

   —¡Maldita pastilla! Funciona de puta madre —exclamé.

   —Eres una mujer increíble. Me gustas —confesó.

   —Y tú a mí —también confesé. Puedo jurar que en mis 23 años de vida nunca había dicho eso. Ufff; sí, funcionaba.

   Al día siguiente, con el amanecer anunciándose desde la ventana y recién desayunada, fue cuando grité: “¡Me cago en mi estampa!” al leer que el tipo con el que había intercambiado fluidos la tarde anterior la había palmado.

   —¿Cuándo murió? —pregunté en la nevera al inspector.

   —Ayer por la tarde. Muy cerca de donde tienes tu oficina. ¿Algo que me quieras contar?

   ¡Mierda!, me dije. No iban a tardar en saber, cuando abrieran en canal al fiambre, que poco antes de morir había hecho el amor como un cosaco. Yo no estaba fichada, por lo que mi ADN no constaba en los registros, pero no me gustaba el giro que había dado esa investigación. No estaba dispuesta a comentarle nada de mi aventurilla al inspector. Así que me fui.

   El guarda de seguridad me dejó pasar sin problemas a la urbanización del empresario y su esposa. La puerta estaba abierta, grité el nombre de esta y como nadie me contestó entré. Huelga decir que no llevaba guantes y, por tanto, dejé mis huellas allí por donde pasé.

   Como el avezado lector ya habrá intuido, el cuerpo de la mujer yacía en mitad de la alfombra del salón. No las conté, pero eran muchas las cuchilladas, tantas que la alfombra aun siendo verde parecía escarlata. Me giré al escuchar una voz detrás de mí.

   —Tu material genético está en el cuerpo del abogado, ahora tus huellas están en esta casa y si hubieras comprobado tu cuenta corriente, habrías podido comprobar que has hecho un ingreso de veinte mil euros. Sí, el ingreso está a tu nombre. Así que estás en un lío. ¿Te dijo algo de la fórmula?

   Era un tipo anodino, más bien bajo y más bien feo. Su cara era asimétrica y sus orejas grandes. No le conocía de nada.

   —¿De qué formula me hablas? —eludí dar una contestación más concreta.

   Sacó una pistola automática, me apuntó y repitió la pregunta. Mi respuesta fue la misma. No podía ser otra.

   —Es importante que, con estas muertes, más la tuya que será en breve, se entierre para siempre esa ilusión de ser feliz. ¿Lo entiendes? La felicidad hay que trabajarla, día a día, no vale conseguirla con una píldora. Hace falta esfuerzo. Así que dime si el puto abogado ese te contó algo más.

   —No sé nada de esa fórmula. Me contrató para buscar a su jefe y no me ha dado tiempo a investigar —confesé —. Ha sido mi primer encargo.

   —Pues has tenido mala suerte muñeca. Va a ser tu primer trabajo y el último.

   No me gusta que me llamen muñeca y mucho menos que me encañonen con una pistola. Pero el tipo no estaba lo suficientemente cerca como para atizarle una patada en sus partes que es lo que me gusta hacer con los fulanos que nos tratan como si fuéramos muñecas.

   Se me ocurrió una idea. El matón tenía ante sí un vaso de bourbon. No sabía si era de él o lo estaba tomando la víctima sin saber que esa sería su última copa.

   —¿Puedo tomarme uno de esos? Me quiero ir al otro barrio servida.

   Palpé mi bolso de tela y comprobé que seguía en su sitio el frasco que la mujer que yacía desangrada ante mí me había regalado la tarde anterior. Recordé que las pastillas rosas se deshacían en la boca así que, tratando de no ser vista, me serví un bourbon y volqué el contenido del frasco en el bourbon del sujeto; cayeron seis pastillas. Para el mío reservé una para, si las cosas no salían bien, por lo menos morirme con una sonrisa en la boca.    

   Brindamos y ambos nos despachamos el néctar de Kentucky de un trago. En ese momento, mientras coloqué el vaso sobre mi mesa, encomendé mi alma al diablo. Miré al tipo y comprobé que sus orejas ya no eran tan grandes, era más alto y menos feo. Él me miró de arriba abajo, soltó la pistola y buscó mis labios. Me abrazó y me besó en el cuello haciéndome estremecer. Nos desnudamos y comprobé que el magnum que acababa de soltar no era la única arma potente que portaba, así que nos entregamos al placer desmedido. Estaba fuera de sí, no paró de cabalgar sobre mí hasta que decidí que había que invertir los papeles y me erigí en la amazona. Y también le cabalgué. Mi dosis me había hecho ver todo de otra manera, más rosa, pero no me había sustraído de la cordura como si parecía haberle hecho al tipo que tenía debajo. Sabía que le iba a matar, pero aun así, quise disfrutar de la situación unos minutos más. Hasta que fingí caer rendida en sus brazos y aproveché para coger el cuchillo con el que había asesinado a la mujer del empresario.

   Se lo clavé en la garganta y cuando lo hice noté como su miembro, aún dentro de mí, alcanzó el clímax. Realmente la pastilla era todo un éxito porque murió con una sonrisa en sus labios.

   Me incorporé y, a pesar de que no quedaba ninguna pastilla dentro del frasco y probablemente la fórmula ya era historia, me reí sin poder evitarlo. Y así seguí hasta que el investigador al que había conocido en la morgue irrumpió en el salón y me vio desnuda, con un cuchillo en la mano, partiéndome el culo a reír y al lado de dos fiambres uno de los cuales aún conservaba orgulloso su símbolo fálico.

   Miré al inspector y me descojoné abiertamente en su cara. A ver cómo le contaba yo lo que había pasado.

 

   Javier Holmes